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Muchos años después, leí en un libro
                                                     de H. P. Lovecraft, que él también soñaba
con un mundo de Tres Soles.

Daniel iba corriendo en medio de un desierto, seguido por una bestia que quería aplastarlo.   El calor era tan insoportable como la presencia de la bestia y de pronto tropezó con la cabeza del esqueleto de un gran animal muerto, tal vez hacía muchos años.
Al mirar atrás, vio en el cielo los tres soles que hacían de aquel desierto un lugar casi imposible para vivir.   La bestia lo alcanzó y lo miró con sus tres ojos rojos.   Levantó una de sus tres piernas para aplastarlo.   Alrededor todo se volvió oscuridad y la bestia dejó caer su peso sobre Daniel, quien lo último que vio fue  la garra de la bestia sobre él, con tres dedos terminados en filosas pesuñas.
            Despertó por fin de ese sueño recurrente, completamente bañado en sudor, su corazón latiendo a mil y una extraña incertidumbre de sí era tarde o temprano, miró su reloj y sorpresa, eran las tres de la mañana.   Sintió miedo, ese miedo aterrador que le viene a uno cuando despierta de una pesadilla y se da cuenta que la razón no puede explicarlo todo, que existen cosas que se escapan a nuestro entendimiento, y que a algunos le produce indiferencia, a otros curiosidad y a otros como Daniel le producen miedo. Trató de dormir nuevamente pero no lo logró, así volvió a pasar una noche en vela, lo que significaba que tendría un muy mal día.
            Por la mañana se levantó, subió a su auto y una vez en marcha, miró al costado del camino una señal de transito que decía; “DESVIO A 300 METROS”. En ese instante, al ver esos números recordó su pesadilla de la noche anterior.   La verdad, era que a Daniel lo venia siguiendo este número en sueños y últimamente también en la vida despierto, no puedo decir real, por que los sueños también son reales.   Entonces pensó que su situación comenzaba a hacerse insoportable.
            Daniel era un hombre solo, no tenia amigos y las horas de trabajo las pasaba siempre frente a una computadora. Su jefe era un tipo materialista e insoportable, que lo único que conocía de él, era que venía de la provincia a trabajar en la metrópoli y que vivía solo, ante lo cual le decía;
-Mejor señor Delgado, así uno vive más tranquilo-
Daniel hubiera querido tener la vida de su jefe, con ese dinero y esas mujeres que siempre lo acompañaban, pero este lo convencía de que su vida no era mejor y que las mujeres sólo le traían problemas. A parte de esta pobre e impersonal relación, Daniel no compartía su vida con nadie más.
            Esa mañana no era entonces diferente a las demás, y cuando ya estaba olvidando la pesadilla, en la radio el locutor anunció una vieja canción de un grupo chileno llamado Los Tres...
             Al llegar a su destino, tomó el ascensor que lo conduciría al piso 33 del edificio, donde pasaría todo el día trabajando frente a esa computadora que le consumía la vida.   Al finalizar la jornada, salió y en los pasillos se encontró rodeado de un mar de empleados que no lo conocían.   Todos eran indiferentes entre sí, con esa indiferencia que caracteriza al empleado que cree que es el único, cuando en realidad es sólo un número más. 
Esa tarde pasó a tomarse un trago en un bar que quedaba en el camino, pues tal vez encontraría alguien con quien conversar y nerviosamente se sentó en la barra.   Al saludo del barman, le pidió un whisky y al momento en que este se movió, pudo ver en el termómetro que la temperatura era de 33°. 
Cuando llegó su trago, se lo bebió al seco y pidió otro inmediatamente, si se acostaba ebrio, pensó, dormiría mejor y no tendría esas pesadillas tan insoportables.   Se sirvió algunos tragos más y pasó a comprar una botella para llevarla a su casa.   En esos momentos ya no razonaba bien y tenía miedo que su pesadilla lo busque en la vida despierto.
 Por todos lados estaba el fatídico número.   Al entrar a su auto, se dejó caer sobre el asiento, recordó que en la guantera estaba su última compra, artefacto que un vendedor llegó a ofrecerle a la compañía y que compró, más por no saber decir que no, que por gusto o por que realmente necesite una de esas, así y todo ahora se acordó de sacarla de la guantera y admirarla. 
El arma estaba fría, el no sabía de calibres ni marcas, en fin, al llegar a casa la bajó con sigo. Estuvo bebiendo en el sillón y la pistola quedó olvidada sobre la mesa. A esa, hora las noticias no le interesaban más que los comerciales o los animales y muy pronto después de pasar por todos los canales se terminó el trago y se fue a acostar. 
Esa noche hacía mucho calor y se desvistió torpemente, ya estaba acostado cuando se acordó de la pistola, se levantó y la fue a buscar sin saber para que, pues no era capaz de leer los catálogos.   Sentado en su cama, lo único que entendió era que para disparar debía sacarle el seguro.   Después de hacerlo, se dejo vencer por el sueño y dejó la pistola debajo de su almohada.
            La sed era insoportable y el calor aún más, estaba en una ciudad desconocida y desértica, no había nadie en las calles y estaba ocultándose sin saber de quién.   Pronto lo supo, tras un muro vio en el cielo los tres soles y recordó donde estaba, al instante la bestia se dejó sentir y descubrió que él estaba detrás del muro.   Daniel corrió y corrió, tanto que al salir de la ciudad llegó al desierto, entonces pudo verla, era grande como un elefante o algo así, con tres patas, tres brazos y tres ojos, la bestia comenzó a seguirlo bajo los tres soles. 
Pronto la sed y el cansancio lo vencieron, había mucho polvo y calor.   Cayó nuevamente al suelo, el monstruo peludo lleno de púas se acercó y echando humo por las narices quiso aplastarlo, cuando el pie de la bestia estaba encima, Daniel sacó el revolver y ahora comprendió para que lo había comprado, apuntó a la bestia justo en el ojo de en medio y disparó, una, dos, tres veces.
Días después, fue encontrado muerto en su cama por un funcionario de la compañía. La policía nunca pudo entender, como pudo haberse disparado tres tiros en la cabeza.

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