persusnibaes - Capitulo VI "Celebrando a Hapi en el Nilo"
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Snefru llamó la atención de los presentes, y detuvo la música, estaba espléndidamente maquillado y vestido.
            -¡Damas y caballeros presentes!, después del banquete y antes de la media noche, nos reuniremos en reverencia al dios Hapi, que hoy comienza a desbordar su brazo de agua bendita, por lo cual los hemos invitado a comenzar con la festividad del río, por eso estamos todos aquí, ¡Así qué empiecen las celebraciones!
           
            Se escuchó un clamor general y se repartió un vino blanco exquisito, todos brindaron un salud por el dios Hapi. Aurea probó el vino que era dulce, le gustó tanto que bebió otro sorbo y otro más. 
            -Bébelo despacio, quiero que estés despierta toda la noche y no te pierdas nada- dijo Giséo sonriendo.
            -¡Es que es muy rico!
            -Sí, pero si te bebes todo el vaso te vas a embriagar y la fiesta recién comienza.
 
            Uno de los reyes invitado, sonrió cuando el pequeño Cheops, que por esa época tenía cerca de seis años, bebió también del vino. Un general del ejército egipcio, se bebió el vaso al seco y la mayoría de los presentes se sirvieron otro vaso más.         Los siervos de Snefru apagaron la mitad de las velas del salón, el resto del palacio estaba obscuro, así se creo un ambiente muy propicio. Con la escasa luz los invitados comenzaron a bailar el ritmo de los seis músicos, que tocaban una melodía algo rápida, pero muy densa, de pronto salieron doce hermosas bailarinas a la pista, en el centro del salón. El salón era inmenso, las mesas estaban por todas partes, con vino, cerveza, cerdo, frutas, peces, cereales de todas clases, carne de buey, etc. Aun así quedaba un enorme espacio para bailar, el suelo era de un granito pulido brillante de color azul, las paredes blancas, tenían relieves de las historias de los antiguos faraones, en jeroglíficos gigantes, las antorchas estaban funcionando con poco aceite, así que, daban muy poca luz.
 
            Cuando las bailarinas estaban en su tercera coreografía, los invitados empezaron a sacarlas a bailar, en poco tiempo se creo un gran baile, todas las bailarinas eran hermosas, había una en especial que era la más hermosa de todas, era muy alta y de piernas doradas, firmes senos y larga cabellera crespa y negra, estaban vestidas con unos pequeños trajes de cuero que cubrían sólo lo principal, el resto de su belleza podía ser contempladas por todos. La bailarina miraba a Giséo directamente y de a poco trataba de acercarse a él. Giséo invitó a bailar a Aurea y ella felizmente aceptó. No pasó mucho tiempo antes de que Aurea se diera cuenta, ya con el efecto del vino en la cabeza, el corazón está más claro y los sentimientos manejan la razón.
            -¿Por qué te mira tanto ella?- Giséo se asombró de la pregunta.
            -Hemos sido amigos...
            -¿Amigos?
            -Sí, buenos amigos- dijo Giséo y bebió otro sorbo de vino.
            -¿Y por qué no bailas con ella mejor?
            -Porque quiero bailar contigo, ¿Ya no quieres bailar?
            -Prefiero salir a tomar aire- dijo Aurea y salieron al balcón, en el horizonte, el Sol se estaba ocultando. 
            -¿Lo ves? ¿Es hermoso no?
            -Sí, el cielo está color violeta.
            -Sí, es el dios Atum, salúdalo- Aurea hizo una señal de reverencia.
            -Él clama ante Osiris, para que nuestra noche sea tranquila y segura.
            -Es un buen dios entonces- dijo Aurea
            -¡Salud por él!
            -¡Salud!-
En la noche se podía ver bien desde el balcón las estrellas, Aurea miró y recordó que ella era de allá. ¡Qué ganas de quedarse! ¡Que ganas de gritarle a éste hombre que quer,ia quedarse! Giséo la observó, nunca había visto a una mujer más hermosa y tan inteligente, sería la perfecta madre de un gran faraón, sería una buena compañera para el resto de la vida. Aurea lo miró, se quedaron mirando un momento que parecía eterno, sus ojos brillaban, de pronto Giséo dio un paso,y ésta ves Aurea no retrocedió, inclinó la cabeza, le parecía haber visto siempre esos ojos negros. Giséo se inclinó un poco hacia ella. De pronto un grupo de invitados salió del salón bailando y cantando, siguiendo a Snefru y Heteferes, que llegaron hasta el borde del balcón y los sacerdotes incluidos Djifer, se acercaron portando unas pipas de porcelana. La porcelana era traída de muy lejos en el oriente.
            -¡Pidamos al dios Atum, que nos proteja en éstas largas noches!- y todos los invitados clamaron en coro.
            -¡¡Oh dios Atum, ruega por nosotros ante el gran Osiris para que cuiden de nosotros todos los dioses!!- Enseguida los sacerdotes que estaban impecables con unas sotanas negras, acercaron las pipas de porcelana a todos los invitados. Hercarta pasó junto a Aurea y le dio un pequeño empujón en el hombro, que hizo que Aurea soltara la pipa, ésta calló y se destrozó en el suelo, todos los presentes se asustaron.
            -Sólo fue una pipa- dijo Giséo consolándola, mientras Hercarta desaparecía entre las gentes. Los siervos con largos cerillos encendían las pipas de los invitados y todos comenzaron a fumar. Aurea, trató de no fumar mucho, pero el humo era tan fuerte que se le metía por las narices, pronto todos comenzaron a reír más de lo normal y a cantar, Snefru besaba largamente a la hermosa reina Heteferes de negros cabellos.
 
            Algunos de los invitados, reían y besaban a las bailarinas, unas por un momento, luego otras, la promiscuidad de los besos asombró a Aurea, aunque todos se reían y besaban, nadie trató de invitar a Aurea, de pronto Snefru dijo..
            -¡Vamos todos a venerar a Hapi!- y todos bajaron por una escalera, hasta una loza, que llegaba al desembarcadero, pronto todos estuvieron en el interior del río, pues el muelle se internaba varios metros, a Aurea le costó caminar en la noche obscura, por los costados del muelle había antorchas y la luna llena se reflejaba en el río.
            -¡¡Oh gran dios Hapi, ven con nosotros e inúndanos de tu fertilidad, manténte en los campos, danos de tus peces y tus plantas medicinales!!- Aurea estaba entretenida con la brillantez de las estrellas.
 
            Snefru mandó un siervo, que pronosticará a través del sistema de los dedos cuantos minutos faltaba para la salida de Sirio. El siervo se tendió en el suelo y luego de un momento volvió.
            -Mi dios, Sirio saldrá dentro de pocos minutos.
            -¡Entonces vamos!- dijo Snefru y se dirigieron todos al inmenso reloj de Sol que estaba en el jardín, desde allí, se tenía una vista perfecta del horizonte. En pocos minutos todos estaban mirando hacia el sur. Era el mes “Thout”, en la lengua de ellos, justo el diecinueve de julio para nosotros y Sirio aparecía en el horizonte todos los años justo ese día del mes y coincidía con la crecida del río.
            -¿Ves esa estrella brillante que está apareciendo allá?
            -Sí, la veo.
            -Esa estrella es el dios Sirio, todos los años lo adoramos, porque él aparece trayéndonos la crecida del río- cuando Aurea escuchó que era la estrella Sirio se puso nerviosa, se le erizaron los pelos, ¿Cómo unos humanos, a años luz de distancia, podían adorar a la estrella de su planeta Hósforo?   Toda su civilización dependía de la salud de Sirio, y en otra galaxia, una civilización emergente, adoraban su estrella natal, que coincidía con la fertilidad del pueblo.
 
            Aurea conocía muy bien el universo, desde Hósforo, podía identificar la Vía Láctea a través de los telescopios, pero desde La Floresta, era muy difícil identificar Sirio, a menos que se estudie astronomía y astrología durante años, los egipcios llevaban milenios estudiando el cielo.
            -¡Sirio ésta brillante!   Este año el río será generoso y las cosechas abundantes, y habrá muchos peces- dijo Djifer apuntando a la estrella- ¡Es la hora del sacrificio a Hapi!- dijo, y en el momento, unos siervos tomaron unas trompetas de cuerno de buey, eran cinco siervos que en la entrada del palacio hacían sonar sus instrumentos. Justo salió una joven virgen, vestida y maquillada maravillosamente, era la hija de un capataz y para la ocasión toda su familia estaba invitada, para ella y para todos, ser la virgen del río, era una hermosa y muy importante responsabilidad, puesto que la sacrificada debía ser aparte de virgen, hermosa. 
La sacrificada pasaba por muchas pruebas de pureza y el mismo sacerdote supremo, le hacía la prueba de virginidad, era una ceremonia entre puros sacerdotes, fumaban amapolas y ponían a la hermosa virgen de carnes apretadas en un altar, el sacerdote la bañaba con aceites y se sacaba toda la ropa, todo parecía un acto sexual, todos observaban a la joven, si ella hacía algún movimiento extraño, o se comportaba de una forma inadecuada, el sacerdote la penetraba con su falo y ella perdía su virginidad, sus disculpas eran que ella siguiera viva porque no era lo esencialmente pura para honrar a Hapi, luego el sacerdote consumaba el acto y la joven vivía toda su vida orgullosa de que la hallan propuesto, aunque aveces se desvirgaban niñas muy jóvenes y no eran sacrificadas porque los sacerdotes no la encontraban pura, generalmente la tercera de las elegidas era la que sacrificaban, en ese caso el sacerdote, pasaba sus manos por la muchacha, la acariciaba pero no consumaba el acto sexual, luego en la fiesta del río, ella sería el regalo a Hapi.
 
            La joven se acercó al muelle, todos la siguieron y se instaló un trono, Djifer la despojó del vestido blanco que llevaba, todos debían corroborar lo hermosa y pura que era, si querían, podían ir y tocarla en sus partes íntimas, para comprobar que era virgen. Snefru se acercó a ella y la tocó.
            -¡Es virgen!- gritó y los sacerdotes la tomaron y la arrojaron al río, en pocos segundos sería presa de los cocodrilos, animales que los egipcios adoraban como a un dios y las fiestas seguían hasta que el río haya tomado su cause normal, lo que aproximadamente era a fines de septiembre.
 
            Luego todos los invitados volvieron al salón y bailaron, bebieron y fumaron hasta que quisieron, durante esos días no se hacía nada más que celebrar, existían ceremonias todos los días a diferentes dioses. La construcción no se detenía, pero los capataces e ingenieros hacían turnos para celebrar y trabajar, aun así resulta increíble la precisión en las construcciones egipcias, con errores del orden de los 0,04 milímetros en la cámara del rey de la pirámide de Micerinos y entre los bloques de granito de la pirámide de Cheops en la cámara del rey, no se puede pasar una hoja de cuchillo entre ellos. Algunos celebraban tanto que sólo dormían de día, otros preferían el día para celebrar, durante éstas fiestas, existía mucha libertad. Ya comenzaba a amanecer y la bailarina se acercó a Giséo.
            -¿Me vas a dejar?
            -¡No!- dijo Giséo, sin darle otra explicación. La teoría decía que una mujer invitaba a un hombre a dejarla a sus aposentos y el por supuesto iba, claro que no salía de la alcoba hasta el otro día. En todos de los más de cuatrocientos dormitorios del palacio, había vino y cerveza, comida y pipas, así la fiesta se volvía más íntima, pero no menos divertida, había mujeres para todos los invitados...
            -¿Dónde van todos?- preguntó Aurea mientras bailaba con Giséo.
            -Se van a dormir.
            -¿Y en parejas?
            -Sí, esa es la idea, lamento que no te haya explicado nuestras costumbres, pero pensé que si tú no sabías nada, te sería más emocionante vivirlas.
            -Gracias, todo ha sido muy interesante.
            -¿Quieres caminar?
            -Me encantaría- dijo Aurea y salieron a caminar por la orilla del río. Giséo llamó a dos siervos.
            -¡Vamos a caminar, tomen sus lanzas y cuiden de nosotros!- llegaron hasta la orilla del río y los siervos los siguieron de lejos, llevaban unas mochilas, Giséo tomó una botella de vino tinto y dos copas.
            -¿Te ha gustado todo lo que has visto?
            -Me ha encantado, en algunas cosas ustedes son tan pulcros, claro que otras cosas no me gustaron mucho.
            -Lo dices por lo de la virgen, ¿verdad?
            -Sí, sentí mucho miedo y vergüenza.
            -Pero para todos es un honor ser sacrificado para Hapi.
            -Si tú lo dices-
La vegetación junto al río era exuberante, muchas plantas, árboles, palmas, mucho pasto. Los siervos encendieron una fogata.
-¿Te quieres sentar?- preguntó Giséo.
-Sí, ya hemos caminado bastante- se habían alejado del palacio, la noche estaba clara, el lento amanecer duraba mucho tiempo.
            -Vamos hacia la fogata- los siervos dejaron una pipa y se retiraron río arriba, hicieron otra fogata y se embriagaron.
            -¿Lo tenías todo programado, no?
            -Eres mi invitada, tengo que preocuparme que lo pases bien- Aurea se sonrojó y le dio una sonrisa, una sonrisa siempre es la llave al corazón. Giséo sirvió las copas, era un grueso vino tinto de palma negra, Aurea bebió del exquisito licor, toda La Floresta aun dormía, no faltaba mucho para el día, la brillantez del Sol se podía apreciar en el horizonte.
            -Me encantan los amaneceres- dijo Giséo.
            -A mí también- dijo Aurea, recordando amaneceres que había contemplado sola en otros planetas. En Hósforo, la cúpula no permitía ver amaneceres.
            -Es como la mejor parte del día, todo se renueva y para verlo, debes estar despierto y sobrio, luego puedes seguir celebrando- dijo Giséo. 
Existía en Egipto una ceremonia del Sol, para el solsticio de verano, cuando el día es más largo que nunca, algunas veces se celebraba el amanecer del río, ésta vez todos estaban o ebrios, o celebrando en intimidad. 
            -Sí, es romántico- dijo Aurea y miró en el interior de su vaso, a esa hora, el efecto del humo y de los licores bajaba en su cuerpo, pero sentía una estabilidad más placentera aun.
            -Puedes mantenerte en ese estado mucho tiempo- dijo Giséo, viendo la luz en los ojos de Aurea.
            -Claro, sino me falta el vino... y se rieron juntos, Giséo dio vuelta su vaso y ambos comenzaron a reírse más.
            -Tenemos estanques llenos de vino- dijo Giséo y se siguió riendo. Comenzaron a mirarse y con la risa, Giséo pasó a tocar el brazo de Aurea, sintió lo hermoso que sería tocar su piel. La acaricio en el hombro y Aurea le acarició la mejilla, dejaron de reír, pero las sonrisas no se borraron de sus bocas, se olvidaron del Heb-sed, de Egipto, de Hósforo, sólo eran ellos dos, el Nilo y el amanecer, Aurea vio que a Giséo le gustaba tocarla, le tomó de la mano y se la acarició, Giséo se acercó y ya no había nadie que los interrumpiera. Se besaron apasionadamente, sintieron sus labios, solos en aquella orilla, los pájaros comenzaban a volar y ellos seguían besándose, no había nada más, el beso duró milenios, siglos, infinidades, era el beso más apasionado que se dieron jamás, Aurea había besado a otros hombres, pero no amaba a nadie de ellos, Giséo había besado a otras mujeres, pero no amaba a nadie más. Todo fue perfecto, el amor es infinito, es igual en Egipto que en Hósforo, o en cualquier lugar del universo, es lo más grande de todo, lo que realmente importa, lo único por lo que vale la pena vivir. Mientras se besaban, recorrieron sus vidas, todo lo que hacían no era para el amor, Aurea buscaba y buscaba en muchos planetas sin saber qué. Giséo, quemaba sus días en la pirámide de Snefru y en prepararse para llegar a ser un gran faraón, pero ninguno tuvo amor nunca antes. De los besos, pasaron a las caricias, dejaron de mirarse y se rieron, se abrazaron sin palabras, había mucho miedo en preguntar, sólo había que sentir...
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