persusnibaes - Cápitulo IV " Error de Cálculo en Dachur"
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Con la luz de la mañana, Aurea abrió los ojos, rápidamente y de un salto se levantó y se acercó a la ventana, no podía creer lo que estaba viendo. La luz y el calor del Sol le inundaron el rostro al tiempo que frente a ella, doscientos mil esclavos trabajaban en la construcción de la pirámide. Por acá, unos arrastrando los inmensos bloques de piedra, otros por allá, subían los bloques unos sobre otros, con extremada lentitud. Hombres, mujeres y niños, todos esclavos, trabajaban desde que salía el Sol hasta que se escondía, en este magnífico monumento.
 
            Giséo tocó la puerta, Aurea se cubrió con una sábana.
            -¿Estás despierta? ¿Puedo entrar?
            -¡Espera!- dijo ella y se acostó nuevamente
            -¡Buenos días! ¿Cómo dormiste?
            -Bien, gracias ¿Y tú? – preguntó ella y Giséo entró vestido con un traje hermoso y se paró junto a la ventana.
            -¿Viste la construcción?
            -Sí, recién desperté y estuve mirando.
            -¿Quieres ir conmigo?
            -¿Puedo?
            -¡Pero claro! Vamos levántate, yo te espero afuera, toma, aquí tienes un traje para hoy, debes parecer una de nosotros. - dijo Giséo, entregándole el traje de una pieza recto, con bordados brillantes color plata. Salió de la alcoba y la esperó en el salón mientras los siervos servían la mesa. Comenzó una música y Aurea buscó el baño junto a la alcoba, se sumergió en una gran tina y se dio un corto baño, luego bajó con el traje puesto y se recogió el pelo, mientras bajaba escuchó la música, no pudo contener su curiosidad, bajó rápidamente las escaleras y Giséo la esperó vestido impecablemente con un traje similar al de ella y con un bastón en la mano, los músicos desde una pieza adjunta tocaban sus instrumentos en una alegre melodía.     
 
            -No te pido que le agradezcas y le pidas la bendición a Ra para éste día, pues me imagino que ustedes tienen sus propios dioses, pero al mediodía tendrás que acompañarme al templo.
            -¡Que Ra nos ilumine!- exclamó Aurea levantando la tacita con té, sintiéndose cada vez un poco más Egipcia.
 
             Luego del desayuno de cereales y frutas, jugos y miel, Giséo ordenó a los siervos se acercaran, porque ellos visitarían la construcción. Se acercó a la puerta y seis formidables esclavos llegaron con unas sillas, sostenidas por dos fuertes maderos sobre sus hombros, todo el viaje de reconocimiento, lo harían sobre las sillas. Los esclavos se ubicaron sobre una escalera especial, para subirse a las sillas y Giséo tomó de la mano a Aurea. 
 
            -¿Debemos ir sobre ellos?- preguntó sin muchas intenciones de subirse.
            -Por supuesto, no tenemos porque cansarnos, ni tragar polvo...           Giséo se subió e invitó a Aurea a subirse con él. Estando arriba los esclavos se pusieron en marcha, no eran muy estables las sillas que estaban hermosamente decoradas y eran muy cómodas, pero Aurea se sujetó bien del brazo de Giséo.
 
            Comenzaron a avanzar, salieron de la loza que continuaba más allá del palacio y cuando los esclavos pisaron la arena del lugar, recién Aurea pudo contemplar el paisaje. Junto al Nilo existía una exuberante vegetación, el día era caluroso y no corría ninguna brisa, a medida que se alejaban del río parecía que el calor aumentaba, pronto ya eran parte del mar de esclavos que trabajaban en la construcción de Dachur. Los capataces con espada al cinto y látigos en las manos ordenaban los movimientos de los esclavos. En el camino hacia la pirámide, Giséo ordenó a los esclavos acercarse a una cuadrilla que arrastraba un enorme bloque de piedra caliza. Debía pesar por lo menos tres toneladas y un grupo de cincuenta esclavos participaban en el traslado del bloque. Ellos se acercaron al grupo a saludar al capataz.
 
            -¡Buenos días mi señor!- dijo el capataz haciendo una reverencia, todos avanzaban lentamente hacia la construcción, el transporte consistía en que el bloque era arrastrado sobre unos troncos que, mujeres ancianos y niños, intercalaban adelante del cubo a medida que avanzaban, otro grupo de mujeres rociaba los maderos con un jugo extraído de unas cañas que crecían junto al río, para evitar la fricción excesiva y aligerar el peso. El resto de los esclavos tiraban del bloque con cuerdas y cintos de cuero abrazados al cuerpo. El avance del bloque era lento puesto que en algunos sectores, el viaje entre las canteras y la pirámide era de casi setecientos kilómetros.   Así la vida de los esclavos era muy corta, y sólo los más fuertes llegaban a los treinta o cuarenta años, los ancianos que sobrevivían eran destinados a otras faenas, pero la mayoría moría joven, después de haber pasado toda su vida como esclavo del faraón. Aunque no era una vida fácil, a los esclavos que eran cientos de miles, no les faltaba el alimento.   Tan sólo los que tenían una mejor capacidad intelectual y podían desempeñarse demostrando que eran útiles, podían optar por una labor menos pesada, llegando a ser siervos de los sacerdotes, de la familia real o de los administrativos del reino. También podían llegar a ser escribas o capataces en la construcción.   Existían esclavos que lograban escapar a la tiranía, aunque solo muy pocos lograban sobrevivir al desierto, mayormente todos creían en la divinidad del faraón.    Había pueblos de esclavos, que provenían de los territorios conquistados y que luchaban por obtener su libertad, a pesar de que gozaban de una cierta libertad religiosa, una vez que se entraba a la esclavitud, no se podía salir jamás.
           
            Giséo preguntó las medidas del bloque y que ubicación tendría, estaban todos los bloques calculados de antemano y los capataces contaban con un puñado de planos básicos, con las medidas del bloque y su ubicación definitiva. Giséo participaba normalmente de la construcción, como ingeniero, no se había ausentado últimamente, hasta aquella noche que vio caer la estrella y decidió salir a buscarla, pero ahora quería incorporar a su amiga Aurea en la inspección de la obra. Giséo revisó el bloque por todos sus ángulos y comparó las medidas con las de los planos. Los egipcios utilizaban una unidad de medida llamada “codo egipcio” y que es casi la mitad del metro que se usa hoy en día.   La caravana llegó con el bloque justo hasta el lado de la pirámide.   Desde este lugar la pirámide parecía un monumento colosal y aunque solamente llevaban la mitad de la construcción, el tamaño de una persona junto a la estructura, lo hacían sentir insignificante.      
            Aurea comenzó a observar un grupo peculiar de trabajo, era un grupo que armados de cinceles y martillos estaban tallando un jeroglífico inmenso que iría a parar en uno de los pasillos ascendentes que conducían a la cámara del Rey. El jeroglífico en si, representaba la festividad que estaba por comenzar, la idea era que el faraón en el mas allá recuerde un momento feliz de su vida y la felicidad que brindaba la subida del Nilo era incomparable. A comienzos del séptimo mes, la crecida del Nilo coincidía con la aparición en la mañana de la estrella de Sirio por el horizonte. La subida del río era perfectamente exacta, todo los años, el séptimo mes del año Egipcio, el río comenzaba a crecer, inundando los campos que posteriormente se podían cultivar, en ese sentido, los Egipcios era unos expertos agrimensores, pues cada patrón tenía a su cargo el cultivo de cierto tipo de vegetal y una determinada cantidad de terreno, todas las ganancias por los cultivos, que les sobraba a los patrones, luego de cubrir sus gastos, iban a parar a las arcas del Faraón.   La festividad por la crecida del río comenzaba en el séptimo mes y continuaba extraordinariamente hasta mediados del noveno mes, consistía en bailes, banquetes y principalmente esperar también que terminen las inundaciones de los campos. Lo que pasaba con los egipcios, es que ellos no vivían el tiempo en un sentido lineal de avance, como nosotros, sino más bien, veían su existencia en la tierra, como una experiencia que les serviría en sus vidas posteriores. Por lo tanto lo egipcios se preocupaban mucho de la vida sana, aunque durante las festividades era muy difícil encontrar a alguien sobrio.
 
            Bajaron de las sillas y Aurea observó cuidadosamente, mientras Giséo cuidaba la colocación del bloque, a los escribas que lentamente daban forma a los jeroglíficos de la festividad del río.
 
            Giséo se acercó a ella, todos los capataces que conocían a Giséo, corrieron la voz de que él había traído a una extraña. Todo el lugar estaba plagado de obreros, junto a los escribas, los esclavos y los capataces, estaba lleno de albañiles y esclavos que se preocupaban del estado de los andamios, de trazadores, etc.
 
            Giséo invito a Aurea a inspeccionar el interior de la pirámide, mientras levantaban un gran bloque con jeroglíficos por una de sus caras. El sistema de elevación de los bloques consistía en todo un sistema de cuerdas y poleas que los levantaban lentamente, mientras otros esclavos iban colocando maderas debajo del bloque de piedra caliza, cada vez que era levantado hacia un lado, luego se repetía la acción del otro lado alcanzando una velocidad y sincronía notable. Ingresaron a la pirámide por una entrada que posteriormente sería clausurada, ya que la entrada principal al sistema de corredores internos quedaría a unos veinte metros de altura mirando al sur. Avanzaron lentamente por el pasillo, en los rincones trabajaban unos esclavos, que retiraban los escombros de la faena. Cuando ellos llegaron a la pirámide, llevaban ciento cincuenta pies de construcción en su punto más alto, es decir la pirámide llevaba construida casi la mitad. De pronto un capataz salió del interior de la galería gritando y pidiendo ayuda, justo en el momento en que Aurea y Giséo llegaban a la que sería la cámara sepulcral, pasó un capataz y en el momento en que vio a Giséo entro en cordura.
 
            -¡Mi señor, hemos tenido un terrible accidente!- dijo el capataz nerviosamente y todos entraron corriendo hasta el lugar de los hechos. Arriba, al final del pasillo un grupo de esclavos trabajaba arduamente, tratando de levantar un pesado bloque de piedra que se quebró en dos y cayó sobre unos esclavos matándolos instantáneamente. Uno de los capataces de Giséo estaba atrapado bajo los escombros, estaba vivo aun pero no podía escapar, porque tenía la pierna atrapada bajo toneladas de roca.
            -¡Lleven a los muertos afuera, ayúdenme a rescatar a Ata!- ordenó Giséo y rápidamente el pasillo se fue llenando de esclavos y siervos que ayudaban a rescatar al capataz. Entre todos y ayudados de palancas pudieron sacar al hombre que tenía las piernas hecha pedazos, incluso Aurea ayudó en la tarea de rescate, así pronto recogieron los escombros y los muertos fueron retirados del lugar. Giséo ordenó que Ata fuera llevado al altillo de Snefru para que recibiera los primeros auxilios. 
Se trasladaron hasta el altillo que se ubicaba junto a la pirámide. Era una estructura alta, con todas las comodidades para el trabajo ingenieril. El faraón Snefru pasaba todo el día con los ingenieros y capataces, inspeccionando la obra. Un gran alboroto se produjo en el altillo, al momento de socorrer al capataz. En una habitación contigua fue atendido y Snefru llamó a Giséo a una reunión con los ingenieros en el salón principal, se hizo acompañar por Aurea, para presentarla como su amiga ante el faraón.
 
            -¡Querido hijo! ¿Cómo estás?- saludó el faraón con un gran abrazó a Giséo. En el salón estaban las mentes más brillantes de Egipto. Un heterogéneo grupo de ingenieros experto en geometría, arquitectura y física, quienes tenían sobre sus hombros la responsabilidad de construir la pirámide de Snefru. Desde el altillo se tenía una inmejorable visión de la construcción. Por todos lados había planos de pápiro con los bosquejos y dibujos de la construcción, algunos que se preocupaban del bienestar del faraón y sus colaboradores tenían todo el lugar impecable, era extremadamente lujoso, con alfombras y jarrones llenos de fruta. Antes que empiece la reunión, Giséo presentó a Aurea ante Snefru. Este estaba sentado y Giséo indicó a Aurea que se incline ante su presencia, Snefru era un hombre de unos cuarenta años, vestido con un traje de dos piezas con cueros muy finos, tenía bordados de oro y plata, y lucía un maquillaje perfecto. Sobre su cabeza lucía una corona con una serpiente en la frente, los ojos de la serpiente eran de diamante. Snefru quedó impactado ante la belleza de Aurea.
 
            Giséo se preocupó de que la presentación sea formal, los ingenieros y capataces presentes, estaban todos en posición de respeto ante el faraón.
 
            -Padre, ella es una amiga que encontré en el valle de los saltos, donde cayó la estrella...
            -¡Buenas!- dijo Aurea temblorosa, Snefru movió la cabeza en señal de aprobación, la solemnidad del momento era algo que la informal Aurea no comprendía muy bien, aunque se daba cuenta que él hombre que tenía enfrente era alguien demasiado importante, Rey de todo este imperio.
            -Ella es de oriente, andaba en lo mío junto al río, la tomé como amiga y te imploro tu bendición...
            -¿Cuál es su nombre?- preguntó Snefru.
            -Mi nombre es Aurea- respondió ella.
            -Pronuncia bien nuestro idioma...- respondió Snefru- ¿De dónde es usted?
            -Soy de oriente, tengo estudios de lenguas, por mi trabajo debo manejar muchos idiomas y el suyo se parece a uno que aprendí hace muchos años... En efecto la lengua egipcia era más bien simbólica, las palabras no representaban una idea fonética, sino que una idea de signo. Aurea comprendió inmediatamente la lengua al encontrar a Giséo, hacía unos años, en uno de sus viajes a un planeta minero, existía una tribu que tenía una lengua muy similar, por lo cual a Aurea no le costo mucho comunicarse con ellos.
            -¿De qué país es usted?- preguntó Snefru.
            -Ella es ninivense- respondió Giséo, tratando de no preocupar a su padre.
            -Pues no me parece una asiria, más bien me parece una egea- agregó el faraón.
            -Mis padres son inmigrantes- dijo Aurea tratando de terminar las dudas.
            -Entonces, ¡Bienvenida dama!- terminó de decir Snefru, dándose cuenta del interés de su hijo en proteger a la joven.
            -Gracias papá- respondió Giséo, ya más calmado. Snefru se levantó y dio comienzo a la reunión.
            -¡Señores, acérquense por favor!- todos los presentes estaban nerviosos, cada uno de ellos sabía que un bloque de la pirámide que se rompiera, atrasaba el trabajo enormemente, más aun si mataba útiles esclavos y hería un preciado capataz. Todos sabían que podría costarles el puesto un accidente como éste.
            -¿Quiero saber qué pasó?- dijo Snefru a los presentes. Un joven ingeniero tomó la palabra.
            -Mi señor, lo que sucede es que después de alcanzar los noventa y un codos en la construcción, se ha determinado que la estructura no está respondiendo como todos esperábamos.
            -¿Qué quiere decir con eso de que no está respondiendo?- preguntó Snefru enojado.
            -Mi pharaes, hijo de Osiris, lo que quiero decir es que el bloque de caliza que se partió a la altura de la galería del rey, fue porque la estructura está tomando demasiado peso.
            -¿Y eso, no estaba calculado de antemano?- preguntó ya más enojado el faraón.
            -Me temo que nos hemos equivocado, mi dios viviente... -contesto el joven ingeniero, Snefru tomó su bastón y caminó hacia los ventanales, afuera acomodaban un bloque, en una pequeña pirámide contigua a la mega estructura, ésta era de menor tamaño, era la pirámide de Heteferes, esposa de Snefru y madre de Giséo y Cheops.
            -¡Me está diciendo que el pharaes no tendrá su pirámide para el comienzo del Heb-sed!- un silencio general dejó a todos los presentes helados, Aurea miraba con atención los planos a su alrededor. Sabían todos los ingenieros que un arrebato del faraón podía costarles la vida.   Aunque también Snefru, sabía que sin éste grupo de intelectuales no terminaría nunca su pirámide para el inicio del Heb-sed. Aurea sentía una inmensa seguridad, al saber que se trataba todo esto, sin querer, estaba presente en un problema grave, sino ayudaba con alguna solución, habrían otros mucho peores. 
Lo que sucedía era que todo egipcio ha vivido su vida esperando el Heb-sed, el faraón debía comprobar su calidad de dios viviente y toda su vida se había preparado para eso. Si no tenía su pirámide la vida de cada uno de los que vivían en el imperio y el significado de toda la vida en Egipto, no tenía sentido. El silencio se extendió terroríficamente entre los presentes. Cuando Aurea habló, todos quedaron aun más helados, nadie conocía a esta joven y la impresión cundió en el lugar.
-¡Pharaes, si usted me lo permite, yo puedo ayudarlo a terminar su pirámide!- dijo Aurea ante el asombro de los presentes. Giséo la miró extrañado y Snefru se dio vuelta bruscamente y observó a Aurea a la cara.
-¿Y cómo podrías ayudarme tu jovencita?- dijo Snefru sin mostrar un solo tipo de sentimiento en su rostro, aparte de sus dudas.
            -Tengo estudios de física, si me deja revisar sus planos, la pirámide podrá ser terminada- dijo valientemente la hermosa Aurea.
            -¿Qué podría saber una jovencita de física?- dijo uno de los más viejos ingenieros presente y quién era el principal culpable del error de cálculo, su nombre era Djifer. Aurea tomó los planos de elevación y los estiró sobre la mesa del centro, buscó las cotas de los ángulos de inclinación y dijo.
-¿El ángulo de inclinación, en la elevación de los costados es de cincuenta y cuatro grados?
            -Así es- respondió Giséo.
            -Sí bajamos los consiguientes ángulos de inclinación aproximadamente a cuarenta y tres grados, la pirámide podrá ser terminada y la base podrá resistir el peso del techo de la pirámide, pues su peso bajará ostensiblemente.
            -¡Buena idea!- dijo uno de los ingenieros.
            -Pero si bajamos el ángulo de inclinación, ya no alcanzaremos la altura que habíamos deseado y la figura de la pirámide cambiará notoriamente- dijo el ingeniero Djifer, tratando de contradecir lo que opinaba Aurea.
            -¿Prefiere aceptar un cambio en los ángulos de elevación ingeniero Djifer, o perder su puesto?- preguntó Giséo, consiente de que la influencia del ingeniero era muy grande sobre su padre y podía dejar mal parada a Aurea.
            -No se trata de eso, creo yo, sino más bien, de encontrar soluciones inteligentes al problema- respondió irritado Djifer.
            -¿Y qué solución me da usted?- preguntó Snefru.
            -Para darle una solución mi amo, deberíamos tener una comisión ingenieril, que revise detalladamente uno por uno los bloques de la galería del rey.
            -¿Eso significa retrasar la construcción?- preguntó Snefru.
            -Tal vez un par de días, hasta encontrar una solución- respondió Djifer.
            -Pero todos los bloques angulares superiores de la galería a la cámara del rey están agrietados, uno cedió y mató siete esclavos y el capataz Ata resultó herido, ¿Qué más pruebas quiere, para darse cuenta que ese ángulo de elevación es imposible de mantener?
            -Mi joven amo, permítame recordarle que yo construí y diseñé las pirámides de sus abuelos en Sakahara.
            -Si se instalan una hilera más de bloques, el daño estructural será irreparable- le dijo Aurea a Giséo sin querer decirlo más fuerte.
            -Quisiera saber la opinión del resto de mis colaboradores, Giséo y Djifer, no son los únicos aquí presentes- agregó Snefru muy molesto. Un joven ingeniero dijo...
            -Mi amo, revisamos personalmente con el amo Giséo la estructura de la galería ascendente hacia la cámara del rey y las grietas son profundas. Mi opinión es que la idea de la señorita es simplemente genial, será la única forma de que podamos terminar la pirámide para el Heb-sed.- el resto de los ingenieros presente se mantuvo al margen.
            -¿Padre, yo creo que la decisión es suya, pero también creo que si bajamos el ángulo de inclinación cerca de los cuarenta grados, podremos salvar la pirámide.
            -Opino que la desconocida dama aquí presente nos ha salvado de un problema grave, le debemos nuestro respeto y nuestra colaboración, le pido que si usted, tiene estudios de ingeniería como dice, nos asesore en la confección de los nuevos planos y le otorgamos todos los servicios para que su estada en mi reino sea agradable. Entonces desde éste momento, yo Snefru, la nombro ingeniero calculista del pharaes, tendrá los beneficios propios de su cargo y podrá quedarse como invitada de mi hijo cuanto tiempo guste, hoy en la madrugada comienzan las fiestas de la crecida del río, espero que se divierta y que nos ayude. Mi pirámide ha sido salvada por usted, veo que mi hijo no encontró su estrella, pero también veo que Osiris la ha enviado a nosotros especialmente para comenzar el Heb-sed-.
Desde ese momento Aurea pasó a ser integrante del grupo ingieneril, aunque no podía creer lo que estaba sucediendo a su alrededor, sin lugar a dudas, sino hubiera aportado con sus conocimientos en la reunión, todos estarían en graves problemas. 
            -Si no puedo ayudar en nada, me retiro entonces, permiso- dijo el viejo Djifer, salió del salón ante la incredulidad de los presentes. Mal que mal, era él, quién había educado en las ciencias de la ingeniería y la arquitectura a casi todos los presentes, incluso a el propio Snefru.
            -Le pido que esté presente al mediodía en el templo de Ra- terminó de decirle Snefru a Aurea y se retiró a una pieza contigua. Giséo la abrazó y le dio las gracias, e inmediatamente todos se dispusieron a la confección de los nuevos planos.  
 
            Cerca del mediodía dejaron las labores y se dirigieron al palacio. Giséo le entregó un traje especial de color azul obscuro con bordados de oro y plata a Aurea, para que asistiera como invitada de honor a la ceremonia que todos los medios días se rendía al dios Ra. Como de costumbre fueron transportados sobre las sillas, en los hombros de los esclavos, el templo de Ra, quedaba camino al Delta, en la gran ciudad. Arriba de las sillas Giséo sacó un collar y unos aros de lapislázuli y oro preciosos.
            -Este obsequio es para que lo exhibas en tu hermoso cuello y como muestra de mi agradecimiento- le dijo y se lo colgó al cuello, mientras ella se colocaba los aros.
            -¡Gracias, son muy bellos, debe ser una pieza costosa! 
            -Te debo inmensas gracias por lo que hiciste en la reunión.
            -Algo debía hacer ¿No?
            -Sí, pero ¿Cómo obtuviste todos esos conocimientos de física y geometría? ¿Y, por qué no me quieres decir de donde vienes exactamente?
            -Cuando sea el momento te lo diré.
 
             A medida que se acercaban a la gran ciudad, podían ver lo esplendoroso de las construcciones egipcias, las avenidas coronadas por inmensos obeliscos con inscripciones jeroglíficas, los templos tenían junto a sus enormes puertas inmensas estatuas de los dioses. Cerca de la ciudad, los transeúntes se reunían a ver la caravana real, que se dirigía al templo de Ra. La ciudad junto al río, poseía una excepcional avenida costanera, llena de gigantescas palmas. Este árbol constituía un importante elemento en la vida egipcia, ya que de él, se obtiene un exquisito vino, además que con sus ramas se obtienen formidables cuerdas. En la ciudad vivían administrativos y comerciantes. Por estar ubicada justo antes del Delta que desagua al Nilo en el Mediterráneo, la ciudad de Menfis, fue durante milenios la capital del comercio egipcio.
Cerca del inmenso templo de Ra, estaba ubicado el importante terminal fluvial, contacto del imperio con las demás provincias y los demás países. En ese sentido la gran ciudad era fundamental, además que el vino de palma que se producía en la provincia era exportado a todo el mundo. Este licor cobraba fundamental importancia en las festividades, que estaban por comenzar, pues todos los egipcios celebraban la subida del río, embriagándose en vino y cerveza.
 
            Aurea ya estaba acostumbrada al asombro, cuando vio la enorme ciudad no lo podía creer, tranquilamente en la gran capital del imperio del faraón Snefru, el más grande constructor de pirámides en vida de la historia de Egipto, inaugurador de la cuarta y más importante dinastía, vivían cerca de dos millones de personas. La sociedad egipcia constaba con tres estamentos sociales, el primero; de los obreros que trabajaban encargados de las tierras, quienes eran el grueso de la población, los segundos; patrones, comerciantes, administrativos y soldados. Y los sacerdotes además de constructores y la familia real, eran la cúspide de la sociedad. Existía un cuarto grupo que estaba excluido de toda actividad social, por ser de otras religiones y razas, que eran los esclavos y no participaban de nada.
 
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